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¿...y mi casa, sin terminar?
(Hageo 1:4)

Tengo 27 años tratando de aprender a conocerle. A través de esos años me topé con muchas puertas, en el laberinto natural de mi humanidad que, al abrirlas, me hicieron caminar por cuartos de mi naturaleza obscura y casi desconocida, pero que al cruzarlos, indefectiblemente hallaba al final una puerta abierta a una realidad espiritual cargada de poder con una enseñanza y un letrero que decía “Sigue”...

Claro que darme cuenta de eso me llevó algunos años, y en esos años, cuando habría alguna de esas puertas no quería entrar porque la realidad de ellas me causaba temor. ¿Podría ser yo esa persona?

Era lo que me preguntaba. Con el tiempo comprendí que no solo ese era yo, sino que me sería imposible salir del laberinto si no entraba en los cuartos. Animarme a entrar fue toda una odisea y aprender a caminar por ellos me llevó otros pocos años hasta hallar las puertas de salida a las cámaras espirituales cargadas del perfume que su gloria había dejado allí al pasar... y eso me comenzó a transformar en un “cazador de su gloria”.

¿Cómo explicar esto? La verdad que no lo sé muy bien, lo voy a intentar sin saber si lo voy a lograr,... Pasaron años ya de la primera vez, y me tengo que remontar a los años de mi niñez. Crecí con una conciencia muy religiosa, aunque para mi no era religión sino realidad. Tenía algo muy especial con mi fe, o con la fe. Por supuesto, nací católico como la mayoría de nosotros. Desde pequeño mi única salida era: "la iglesia". Allí iba los sábados, a la reunión juvenil, y los domingos desde temprano a la misa. Así fue mi primer encuentro con el servicio; me miró el sacerdote y me dijo: ¿Quieres ser monaguillo? Y antes que le conteste me dijo: "¡Ven!".

Cuando entré en la sacristía me encontré con un mundo nuevo; parecía que tocaba el cielo con las manos; tenia el corazón que me explotaba y en ese tiempo... "lo ví" por primera vez. Era una noche especial, sentía miedo, algo aparentemente estaba a mi alrededor y no podía dormir. Dejé la luz encendida, y me tapaba la cabeza. De pronto, cuando saco la cabeza de bajo la sábana "lo veo" ¡Era increíble! Pensé que estaba soñando... Estaba sentado a los pies de la cama, su rostro irradiaba paz, me miró y me dijo: "No temas" Era un ángel y cuando me tocó la pierna, sólo me dormí. 

A partir de allí cada noche era lo mismo. Caminaba pensando en su presencia, con temor pero... crecí, y con el crecimiento en algún lado lo perdí. Con el tiempo no solo perdí eso sino también todo lo demás, "el hacha se había hundido", 2 Reyes 6:5-6  [CLIC PARA LEER EL PASAJE] y continué mi camino sólo con recuerdos, hasta que un día llegué al final, y desemboqué en un callejón sin salida... Drogas, alcohol, vicios, y una vida libertina me llevó a casi perder mi vida en una salida de primavera. Una sobredosis en el año 1977 me llevó a quedar olvidado en un bosque, donde la Policía Montada me encontró y golpeó y azotó mi cuerpo con varas de alambre hasta llegar a decirse uno a otro: "déjalo que está muerto".

Así en esas condiciones me enfrenté al segundo segmento de encuentro espiritual en mi vida, para mi ya todo estaba terminado y a esa altura de mi vida los recuerdos del “ángel” se habían desvanecido junto con mi pureza y dignidad. El descreimiento se había apoderado de mi corazón, y en realidad la fe era un recuerdo sepultado en grandes cargamentos de mentiras y deshechos que la habían declarado muerta.

Muerte, era hacia donde yo me dirigía. Y el asunto era que en realidad no estaba preparado. La visión del lugar adonde iba me llenó de miedo y desesperación. Desde lo más profundo de mis temores salió un recuerdo, "el Dios de mi abuela", y un clamor: "Dios, yo no creo que tú existas, pero si existes, ahora te necesito porque ya no me queda tiempo..."

E increíblemente sucedió, en medio de la gran oscuridad se hizo presente. En ese momento no lo recordé, solo pude oírlo; me extendió sus manos y me dijo: "Yo te voy a sacar de aquí" y tomó mis manos y luego de tres días me encontré caminando por una calle rumbo a la salida del bosque, casi desnudo y con el cuerpo lleno de sangre seca, y con una sola palabra entre mis labios: "Mi ángel de la guarda me salvó". Ese fue el día del reencuentro, y desde allí nunca mas le perdí. Lo que yo no sabía en realidad era que allí comenzaría una aventura que no terminaría nunca, y una persecución que me llevaría a deambular por las cuevas de la selva mas peligrosa jamás conocida: la espesura de mis sentimientos, la oscuridad de mis deseos, y transitar las sendas que conducían a mis propias miserias.

Esa selva... era yo.  

      Continúa la Próxima Semana...

PASTOR RODOLFO PRONESTI

 

 

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