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Por supuesto, nací católico como la mayoría
de los argentinos. Desde pequeño mi única salida era la iglesia.
Allí iba los sábados, a la reunión juvenil, y los domingos desde temprano
a la misa.
Así fue mi primer encuentro con el servicio, me miró el sacerdote y me dijo:
¿Quieres ser monaguillo? Y antes de contestarle, me dijo:
"ven".
Cuando entré en la sacristía
me encontré con un mundo nuevo; parecía que tocaba el cielo
con las manos, tenía el corazón que me explotaba y en ese
tiempo "lo vi" por primera vez.
Era una noche especial. Sentía
miedo. Había como algo que parecía que andaba alrededor
mío y no
podía dormir.
Dejé la luz encendida, y me tapé la cabeza. De pronto, cuando
saqué la cabeza de la
sábana lo veo, era
increíble, pensé que estaba soñando. Estaba sentado a los pies de la cama, su rostro irradiaba
paz. Me miró y me
dijo: "No temas". Era un ángel y cuando me tocó la pierna,
me dormí.
A partir de allí cada noche era lo mismo,
caminaba pensando en su presencia, con temor...
Pero crecí
y, con el crecimiento, en algún lado lo perdí. Con el tiempo
no sólo perdí eso sino también todo lo demás, el hacha se
había hundido; y continué mi camino sólo con recuerdos,
hasta que un día llegué al final y desemboqué en un callejón
sin salida: drogas, alcohol, vicios, y una vida libertina me
llevó casi a perder mi vida en una salida de primavera.
Una
sobredosis en el año 1977 me llevó a quedar olvidado en un
bosque, donde
la policía montada me encontró y golpeó y azotó mi cuerpo
con varas de alambre hasta llegar a decirse uno a otro:
"déjalo
que está muerto".
Así en esas condiciones me enfrenté al
segundo segmento de encuentro espiritual en mi vida. Para mi
ya todo estaba terminado y a esa altura de mi vida los
recuerdos del “ángel” se habían desvanecido junto con
mi pureza y dignidad, el
descreimiento se había apoderado de mi corazón, y en
realidad la fe era un recuerdo sepultado en grandes
cargamentos de mentiras y desechos que la habían declarado
muerta.
Muerte
era hacia donde yo me dirigía, y realmente yo no estaba
preparado. La visión del lugar adonde iba
me llenó de miedo y desesperación, desde lo más profundo
de mis temores salió un recuerdo, el Dios de mi abuela, y
un clamor: "Dios, yo no creo que
tu
existas, pero si existes, ahora te necesito porque ya no me
queda tiempo".
E
increíblemente sucedió. En medio de la
gran oscuridad se hizo presente. En ese momento no lo recordé,
sólo pude oírlo; me extendió sus manos y me dijo: "Yo te
voy a sacar de aquí" y tomó mis manos y luego de tres días
me encontré caminando por una calle rumbo a la salida del
bosque, casi desnudo y con el cuerpo lleno de sangre seca, y
con una sola palabra entre mis labios: Mi ángel de la guarda me salvó.
Ese fue el día del reencuentro, y
desde allí nunca más lo perdí.
Lo que yo no sabia en
realidad era que allí comenzaría una aventura que no
terminaría nunca, y una persecución que me llevaría a
deambular por las cuevas de la selva más peligrosa jamás
conocida: la espesura de mis sentimientos, la oscuridad de
mis deseos; y transitar las sendas que conducían a mis
propias miserias. Esa selva era yo.
Creo que
sería apropiado
decir que, me convertí en un cazador de su gloria. Fue comenzar una aventura emocionante, y cuando digo
emocionante lo digo en todo el sentido de la palabra, es
decir abarcando todas mis emociones, alegrías, dolores, gozo, tristezas, angustias,
desesperación, satisfacción, certezas e incertidumbres,
seguridad e inseguridad, lágrimas y consuelos,... y para
saber más hay que vivirlo, por eso cuando me dicen que el
evangelio es aburrido, yo digo ¡Noooo..! ¡qué va a ser aburrido,
todo lo contrario!, y cuando dicen que es religioso, les
contesto que lo que menos tiene es religión, el evangelio
fue la mejor noticia que me hayan dado en mi vida, es
una buena noticia.
Como
dije anteriormente el camino a través de los cuartos de mi
subconsciente no fue fácil, sobre todo porque la realidad
de ellos abrumaba mi mente y me producía un gran dolor y
vergüenza, ¿cómo aceptar que las paredes de esos cuartos
tenían impresas mis ideas más oscuras? Cosas que jamás
hubiera querido pensar, pero que sin embargo estaban allí,
¿dónde quedaba mi aparente razón, y mi tan guardada
humanidad?
Sólo alcancé algo de paz cuando en medio de la
oscuridad pude divisar a lo lejos una luz de una puerta abriéndose
y fui hacia ella, pero para llegar tuve que transitar todos
los pasillos del cuarto e ir observando sus paredes
reflejando mi interior sin Dios, y a medida que avanzaba, un gran sentimiento de
arrepentimiento comenzó a apoderarse de mi y a medida que
la convicción me embargaba, la puerta comenzaba a abrirse y
la luz comenzaba a brillar con más fuerza.
El final fue algo
hermoso, sólo que al llegar a la salida solamente encontré
su perfume... y... yo lo quería a Él...
Allí
comenzó una persecución que hasta ahora continúa, Él dejándome
su perfume por huella y yo buscándole...
...y
tal vez...
...sólo
termine...
...en el cielo.
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